-¿Crees en el alma?
Él bajó la copa y le sostuvo la mirada. ¿De verdad tenían que
hablar de eso? Frunció el ceño, estiró la mano hacia el paquete de Chester y se
quedó observándola un rato. Desde que se sentaron a la mesa no había podido
parar de pensar en lo demacrada que estaba, en cómo había cambiado desde el
último encuentro. Seguía rezumando belleza, pero de esa que se adivina maltratada a
propósito simplemente con verla. Algunos pensarán que por dejadez o por
desidia. Seguramente la mayoría. Él en cambio la había conocido demasiado bien
para reducirlo a eso. Y la ansiedad con la que le había lanzado la pregunta simplemente
se lo corroboraba.
Frunció el ceño aún más fuerte. No se sentía
cómodo. ¿Por qué? Si realmente ella le seguía importando mucho. Quizás era
precisamente por eso. O quizás porque mirarla era como contemplar el paso del tiempo a un palmo de distancia. Qué demacrada estaba, dios.
Pasó entonces por su lado la camarera, que se
dirigía apurada hacia la mesa de enfrente, secándose las manos en el pantalón y
moviendo las caderas de manera exagerada.
Observar cómo su culo oscilaba de un lado a
otro hizo que sus músculos se destensaran y sus cejas volviesen a su posición
normal. Quería ver cómo les entregaba la cuenta y esperar la reacción de los
clientes. Se preguntaba si presenciaría la típica pelea por ver quién paga.
Contaría entonces los segundos que aquellos imbéciles harían esperar a la
chica, que seguía frotándose las manos al pantalón, por no haberlo hablado
antes. Descubriría así durante cuánto tiempo se convertirían en protagonistas
de la banalidad hecha repetición. En este bar, en el de al lado, y en el de más
allá. En idiomas diferentes. En los antros más viejos y los restaurantes más posh. La pareja en el centro, haciendo
aspavientos y disparando palabrería prototípica. La camarera enmarcándolos,
dibujando una sonrisa vacía pero de apariencia amable. Ella con la mente en
cualquier parte, esperando a que la función acabe y, con suerte, la fingida
generosidad no se esfume a la hora de llevarles la vuelta y caiga alguna
propina. Él, al fondo, espectador y crítico de esa vulgar escena que tanto lo
asqueaba y relajaba a la vez.
Absorto en estos pensamientos, sus ojos se
desviaron una fracción de segundo de nuevo hacia ella, que seguía esperando una
respuesta al otro lado de la mesa.
Bajó y sacudió la cabeza. Volvió a centrarse.
Sacó por fin un cigarro y se lo acercó a la boca. Se lo pensó mejor, volvió a
bajar la mano y con la izquierda alzó de nuevo su whisky. Derecha otra vez.
Mechero. Chas. Bocanada.
- Son las tres de la mañana, ¿de verdad crees
que son horas para hablar de estos temas? Además, ya deberías saber la respuesta...
Ella lo contemplaba con una extraña expresión,
pero no hizo ningún movimiento. La ansiedad anterior con la que le había hecho
la pregunta había desaparecido por completo. Dibujó algo parecido a una sonrisa
y aún dejó que pasaran unos segundos más hasta que la comisura de sus labios se
abrió para ametrallarle las entrañas.
-La sé. Sólo me preguntaba si, en estos diez años
que llevaba sin verte, habrías empezado a creer en ella.
No hay comentarios:
Publicar un comentario