lunes, 23 de marzo de 2015

Arrugas

Rompí los espejos
sin cortarme
sin sangrar

más de lo que sangré
por la causa de su ruptura:
la precisión quirúrgica
de los horrores y de las dulzuras
que componen los ritos
de la muerte y de la vida
atravesándome las entrañas.

Rompí los espejos
para poder verme descompuesto el rostro
sin reírme
sin llorar

más de lo que lloré
este mediodía
cuando comprendí que todo esto
va de arrugas

las de los niños al nacer
y las de las manos de mi abuelo (también en el hospital)

y ahora me veo pensando colérica
que quiero más espejos
que necesito romper más espejos

por todas las humedades de las piedras que no florecen
por los grises de las fábricas en escala no cromática
por la importancia que se le da a la semántica aunque sea arbitraria
por la soledad de los que fuman a las puertas de los hospitales
por la mala comida que se da en esos hospitales
por los niños que odian la filosofía
por los profesores que hacen que los niños odien la filosofía
por las palabras hipócritas y los gestos aberrantes
por la gente que habla a gritos
por los pequeños que escuchan esos gritos
por los mayores que no tienen quien les escuche
por los hemisferios
por las banderas, por el odio que engendran las banderas,
por las bandas de gente con corbata que roban a manos desarmadas
por las cremas anticelulíticas y la gente que se tapa las estrías
y por las cremas antiarrugas
sobre todo por las cremas antiarrugas

porque entonces habré llorado en balde
al comprender que todo esto 
en el fondo
sólo va de arrugas.