martes, 10 de junio de 2014

Quien bien te quiere te hará reír.

How many roads must a man walk down before you call him a man


Estoy abriendo los brazos para que se me enrosque mejor el viento en este despegue a velocidades autorreguladas por la pista de tu espalda.

Estás boca abajo y aunque no puedo verla, huele a tu sonrisa.

Recorro kilómetros y kilómetros en dirección a casa, pero sólo a mitad de camino recuerdo que no todos los caminos llevan a Roma si no sabes usar un mapa y lo cierto es que siempre me he orientado fatal.

Acostumbrada a ceder la responsabilidad de no perder el norte a personas con puntos cardinales confusos, he acabado cediendo al drama y riéndome hasta llorar para luego llorar hasta correrme.

Pulverizando instantes a la vuelta de la pérdida se van apagando todas las farolas de las calles por las que me arrastro y se crea un ambiente tan irónicamente íntimo que me parece verte a lo lejos con un ramo de flores y una botella de vino. Dramatizando, tú también.

Me pregunto cómo me habrás encontrado si ni yo misma sé en qué cuerda floja estoy ahora ni tan siquiera alcanzo a ver si hay redes debajo. Como he dicho, todas las putas farolas se han apagado. Las muy perras.

El funambulismo en la oscuridad y el fuerte olor a asfalto me recuerdan que hace un rato, o dos, o tres, cuando aún creía poder llegar a casa sola sin mapas ni Roma, antes del impacto, te había tenido de espaldas y olía a tu sonrisa y al viento empujándome las ganas. Y las alas. Quizás entonces se me pasó por la cabeza que la respuesta estaría ahí, flotando entre el viento y tu boca, dramatizando otra vez, con Bob de fondo y de cerca los estallidos de las balas que me entraron por el costado y se alojaron en el lugar que te había reservado a ti.

Pero las cosas han cambiado como siempre supe que nunca cambiaría el echar de menos nuestros orgasmos entre lágrimas, que me da la risa de pensarnos hace un rato, o dos, o tres, y verme ahora tan perdida, yo sin mapa y tú con el tesoro.

Por si tú tampoco te encuentras, tranquilo, aquí sigo haciendo malabares y hablando de nuestra ciudad, de caminos incendiados e incendios sin camino de vuelta. Como una loca en la pira ejecutoria. Como una cuerda con premoniciones.

Y así poco a poco se me va congelando la piel y me arrugo pensando en cómo coño podré parar esta tragicomedia.

Ya se sabe: no hay risas ni lágrimas después de la muerte. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario