Hoy me he levantado sin saber qué ponerme y he pensado en
vestirme del color de tus ojos y del sabor de tus labios. Pero abrí el armario
y sólo había polvo con olor a vacío y el rastro de tus huellas dactilares en
mis piernas. Y eso ya no me queda bien. Me viene grande.
Así que cogí tus fotos y me las até al cuello, que aquí el
invierno es duro y mi garganta frágil de tanto gritarte en cada silencio.
Y me calcé con las frases que me escribías por las mañanas, a
ver si así dejaban de dolerme un poco los pies, que tengo los pobres machacados
de tanto paseo deambulando en dirección a tu número de móvil.
Metí en el bolso la cartera y también las tarjetas de todos
los hoteles en los que dormí sobre tu pecho, no vaya a ser que me pierda y
olvide dónde vivo. O dónde muero.
Después me pinté la ralla del ojo con la tinta de todos y
cada uno de tus abrazos y los labios con tus caricias en el sofá, café, cigarro
y peli de por medio.
Y entonces pensé que ya estaba lista y salí a la calle, pero
me crucé con muchos ojos (y ninguno te pertenecía) que me miraban en silencio
pero dolorosamente compasivos, y me di cuenta de que estaba fuera de lugar
porque el único lugar en el que esas ropas cobran todo su sentido es en el
centro de tu espalda.
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