lunes, 10 de febrero de 2014

Eres la prenda que mejor me sienta

Hoy me he levantado sin saber qué ponerme y he pensado en vestirme del color de tus ojos y del sabor de tus labios. Pero abrí el armario y sólo había polvo con olor a vacío y el rastro de tus huellas dactilares en mis piernas. Y eso ya no me queda bien. Me viene grande.

Así que cogí tus fotos y me las até al cuello, que aquí el invierno es duro y mi garganta frágil de tanto gritarte en cada silencio.

Y me calcé con las frases que me escribías por las mañanas, a ver si así dejaban de dolerme un poco los pies, que tengo los pobres machacados de tanto paseo deambulando en dirección a tu número de móvil.

Metí en el bolso la cartera y también las tarjetas de todos los hoteles en los que dormí sobre tu pecho, no vaya a ser que me pierda y olvide dónde vivo. O dónde muero.

Después me pinté la ralla del ojo con la tinta de todos y cada uno de tus abrazos y los labios con tus caricias en el sofá, café, cigarro y peli de por medio.

Y entonces pensé que ya estaba lista y salí a la calle, pero me crucé con muchos ojos (y ninguno te pertenecía) que me miraban en silencio pero dolorosamente compasivos, y me di cuenta de que estaba fuera de lugar porque el único lugar en el que esas ropas cobran todo su sentido es en el centro de tu espalda.





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