domingo, 25 de enero de 2015

Reformada.

Yo no podía advertir la tragedia
de la humanidad corrompida,
el blanco roto,
los disparos a ciegas,
las noches bailándole a la botella.

Habría sido como aceptar la derrota
antes de empezar siquiera la partida.

Tampoco entendí nunca
por qué se me reñía
por romperme las medias.
Pero dejé de jugar.
Perpleja.
Por mucho tiempo.

La mujer que soy ahora
se rasga la camisa ante el espejo
y olvida desmaquillarse.
A veces también llora cuando duda
si ha querido gustar a los demás
o más a ella.
Porque se contradice más de lo que piensa
y equivocándose aprende a proclamarse histérica,
diferente,
acomplejada,
pero ya no más observadora.

La inocencia se ahogó a sí misma
el día en que los niños empezaron
a juzgarse con palabras de adultos.
Y qué absurdo, pero ahora que soy mayor
busco definirme con sus maneras.
Se respira tanta tensión
cada vez que se pronuncia fracaso
que alguien debería empezar a asesinar palabras.

He vuelto a abrir heridas
por miedo a olvidar cómo se curan.

Al primero que dispare, prometo sangrarle para siempre.

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