A veces me imagino siendo la protagonista
de mi película favorita,
escogiendo con cuidado la banda sonora
perfecta
de entre todas las palabras imperfectas
que deseé decirte al oído
y se han ahogado en el tintero.
Como buena cobarde, sólo las derramé
-y ya sólo en tinta-
la tarde que dejaste de quererme,
mojando de ácido todos los papeles
y llenando de vomito la pluma,
mi cuello y el lunar que olvidaste
llevarte.
Ya
no queda nada más de ti en esta habitación.
A veces imagino también que me abrazas
por detrás cuando estoy dormida
y me cantas muy suave a la espalda
para rellenar con la vibración
de tus cuerdas vocales
todos los huecos del colchón
que ahora se me clavan en los muslos
junto con los muelles
que rompimos en diciembre
porque creímos que era marzo.
Entonces me despierto y aspiro polvo,
pero no ése al que me tenías acostumbrada,
sino el malo, el tóxico,
el que hace que la gente mire al mundo
desde detrás de una mascarilla
y se olvide de caminar
porque no importa la dirección
que siempre hará esquina
con Dolor y Fracaso.
Cierro los ojos y me ducho en agua tibia
cansada de los contrastes
de tus calores de témpano
y mis rigideces de verano.
Para cuando los abro nadie me ha avisado
de que ya estamos en septiembre.
Así que soplo las velas de otro
cumpleaños,
deseando que pase rápido
y que pasen también las navidades
y las pascuas
y todas las fiestas que se quedaron viudas
de nosotros comiendo fresas con nata
y el chocolate que robaba de tu ombligo
abriéndote los brazos,
inmovilizándolos contra el sofá
que antes era mullido
y que ahora también
se me clava a los muslos
junto con nuestros muelles,
tus huecos
y mi polvo.
Dicen que todo pasa…
pero en realidad somos nosotros
intentando pasar de todo.
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