jueves, 26 de junio de 2014

Esa llamada.

Imagina que estás en un funeral
y hay mucha gente con traje
que está muy seria
y en el medio una niña
mascando chicle.

Imagina que llueve cenizas
con forma de piruleta
y que hay pájaros negros
que las atrapan al vuelo.
Y se las comen.
Y se atragantan.
Y no se mueren.

Imagina ahora que tú y yo
sí morimos
y que los pájaros nos miran
muy formales
que la gente muy seria del traje
se parte de risa
y que la niña nos envuelve
con su chicle el cuerpo,
como para protegernos,
de los pájaros o de las piruletas
que siguen cayendo,
que sé yo.

Imagina que abres un ojo
y le dices que gracias,
pero que mejor te cubra
el alma
que lo necesita más.
Y tú a ella también.

Imagina que la niña te entiende
y asiente con la cabeza,
pero mirándote con ojos
de quien no puede hacer nada.
A fin de cuentas sólo
es una niña
mascando chicle.

Imagina su cara,
¿te haces una idea?
Es la misma que puse
yo esta mañana
al descolgar
el teléfono
y escuchar que
Amor
había muerto.

miércoles, 25 de junio de 2014

Eres una náusea después de comer

Podría hablarte de mí,
del tiempo,
del que hace
y del que te pienso,
podría hablarte de mis manos
y de que ahora sólo escriben,
de que es por eso que 
se sienten extrañas
cuando me toco
y más aún cuando me corro.

Podría hablarte del mar,
de sus olas lácteas
y sus algas pétreas,
pero eso es lo único que sigue igual
y no creo que vaya a interesarte.

Así que podría hablarte,
y podría hacerlo fuerte
y luego suave,
rápido y después lento,
justo como tú me lo hacías;
hablarte de los lados de la cama,
de que hay uno que me sobra
y que me recuerda que faltas,
podría hablarte del sofá,
de las películas que me cuentan cosas
sobre otros que no son tú,
pero que podrían serlo,
de las canciones que odio
porque hablan de mí,
que no soy yo.

Podría hablarte de los silencios,
de los truenos,
de las fiestas sin ti
y las copas con otros,
de lo duro de mis resacas
sin tus cafés por la mañana,
de mí bebiendo de tu boca
y tú viviendo conmigo.

Podría hablarte de nuestra casa,
de que estoy buscando piso,
podría hablarte de que me dueles
en las habitaciones que dejaste vacías
y que, sin embargo,
juraría oler tu sombra
cada vez que atravieso el pasillo.

Podría hablarte de las fotos
que guardé en el trastero,
de las que no llegué a guardar
porque las rompí antes
y de cómo me arrepentí
un segundo más tarde,
como tarde fue lamentarse
de que había sido
demasiado temprano
para perderte.

De cómo me perdí yo también
y de que aún estoy tanteando una vía
por la que hidratarme las venas
tras tu incendio;
de que también busco el camino
y que camino en latín se parece a vida
y que por algo será.

Podría hablarte del dióxido,
de las velas,
de las reliquias,
tus plantas carnívoras
y de mi paz exterior.

Podría…
pero resulta que lo único que quiero,

es que alguna vez le hables de mí.

domingo, 22 de junio de 2014

Ya es verano

Hoy abrí la ventana y hacía tiempo
de subjuntivo de futuro
y nubes de algodón de azúcar.

Hay una mujer en cada niña
que explota un globo
y una niña en cada mujer
que fuma de la boca del metro
y esto lo desaprendí ayer,
cuando me di cuenta de que madurez
son los bailes de salón
que abren bodas y cierran ataúdes.

Aún tienes mi permiso para bailar sobre tu tumba.

Hay una ciudad subterránea
en cada margarita
y un campo de tulipanes
entre los dientes de las ratas
que viven en tus alcantarillas.

¿De qué me sirve esperarte si en el fondo me desesperas?

Ilusión es sólo una calle
que hace esquina con esperanza
y a veces desemboca en fracaso,
a veces en el lunar del lienzo de tu espalda.

Anoche me perdí en su intersección
y llamé a un taxi para que me llevase a casa,
olvidé el número de tu habitación
y acabé bailando en la cocina.


Te he hecho café y fuera aún huele a tu té verde

sábado, 21 de junio de 2014

Costumbres

Sigo poniéndome las medias torcidas y enderezando los cuadros ajenos. Media vida fracasando en eso de aprender a colocármelas rectas y dejarlos descolgados, en cuidar más lo mío y menos lo de los demás. A fin de cuentas,nadie viene a mi casa a poner(me) (mis) cuadros en su sitio.

Siento que no tengo remedio y ando rebuscando soluciones dentro de una caja torácica, la mía, a veces la tuya, para problemas que no tengo muy claro aún cuáles son.

Así no se llega a ningún sitio.

Por eso sólo quiero bajarle el volumen a los latidos y a los pensamientos que resuenan de nuevo en otra caja, esta vez de Pandora, conectada sin duda con la torácica de alguna manera que se me escapa. Como casi todo. Entre los dedos.

Somos intensidades variables y frecuencias de colores, y de luces, y de sombras. Todo en uno y uno en cada, simultáneos y dispersos, etéreos y dolorosamente pesados.

Y ahora pienso en lápidas porque siempre se me vienen a la cabeza cuando uso ese adjetivo y recreo cómo es el tener todo el peso del universo encima de unos hombros.
Entonces me recuerdo a mí misma entre nebulosas como una hormiga intentando llevar elsignificado de las cosas a sus espaldas sin que se rompan y me quede postrada en una cama para el resto de mis días.

Por fin entiendo por qué la hormiga es el animal más fuerte.

Así que sonrío, aunque tú dirías que más bien es una mueca. Perdona si me voy por las ramas, pero aún no alcanzo a entender por qué la gente valora más una bonita sonrisa que una mueca sincera. Has de saber que yo soy del segundo tipo y que también temo a los bichos y me asusta muchísimo todo lo que vive debajo del mar. 

Sólo hace un tiempo he llegado a la conclusión de que es porque le tengo miedo a lo desconocido.

A lo que no puedo controlar porque no sé cómo es. Y cuando no sabes cómo es algo, tampoco controlas por dónde va a venir.
O cómo va a irse.
O cómo te quedarás
                           tú. 

viernes, 20 de junio de 2014

Dime cómo duermes y te diré quién eres

 A veces me imagino siendo la protagonista
de mi película favorita,
escogiendo con cuidado la banda sonora perfecta
de entre todas las palabras imperfectas
que deseé decirte al oído
y se han ahogado en el tintero.

Como buena cobarde, sólo las derramé
-y ya sólo en tinta-
la tarde que dejaste de quererme,
mojando de ácido todos los papeles
y llenando de vomito la pluma,
mi cuello y el lunar que olvidaste llevarte.

Ya no queda nada más de ti en esta habitación.

A veces imagino también que me abrazas
por detrás cuando estoy dormida
y me cantas muy suave a la espalda
para rellenar con la vibración
de tus cuerdas vocales
todos los huecos del colchón
que ahora se me clavan en los muslos
junto con los muelles
que rompimos en diciembre
porque creímos que era marzo.

Entonces me despierto y aspiro polvo,
pero no ése al que me tenías acostumbrada,
sino el malo, el tóxico,
el que hace que la gente mire al mundo
desde detrás de una mascarilla
y se olvide de caminar
porque no importa la dirección
que siempre hará esquina
con Dolor y Fracaso.

Cierro los ojos y me ducho en agua tibia
cansada de los contrastes
de tus calores de témpano
y mis rigideces de verano.

Para cuando los abro nadie me ha avisado
de que ya estamos en septiembre.
Así que soplo las velas de otro cumpleaños,
deseando que pase rápido
y que pasen también las navidades
y las pascuas
y todas las fiestas que se quedaron viudas
de nosotros comiendo fresas con nata
y el chocolate que robaba de tu ombligo
abriéndote los brazos,
inmovilizándolos contra el sofá
que antes era mullido
y que ahora también
se me clava a los muslos
junto con nuestros muelles,
tus huecos
y mi polvo.

Dicen que todo pasa…
pero en realidad somos nosotros
intentando pasar de todo.

jueves, 19 de junio de 2014

Múltiplos de cero



Ojalá darte donde menos te duela
y curarte donde más lo necesites.

Desaparecer en tu todo
y sumárselo a mi nada.

Tu más por mi menos.
Mi más entre tus restos.

Huele a lluvia y he hecho galletas.

Espero que traigas vino. 

Hoy pongo yo las ganas.


miércoles, 11 de junio de 2014

Qué sabrá Benedetti

Fuimos la risa de los idiotas que se observan detrás de una cerveza y le lanzan un corte de manga a la soledad, haciendo mucho ruido mientras todo el bar les mira.

Nos encontramos y nos pusimos hasta las cejas de conocernos, nos hicimos inventarios de fracasos y nos volamos los sueños. Riéndonos, siempre, como idiotas.

Sustituimos el Prozac por nuestros abrazos en camas de noventa y escuché tu voz todas las mañanas encargando a recepción sexo para el desayuno. Siempre te contestaba que sí mi telepatía de labios ardiendo y arañazos en la espalda.

Quemamos libros y nos incendiamos con ellos. Dejé de escribir, aflojé la correa y me solté el pelo.

Vomitábamos mariposas porque estábamos hartos de capullos.

Me picabas con la furia con la que las avispas buscan a los alérgicos, sólo por el placer de llevarme al borde de la muerte y luego resucitarme. Yo moldeaba panales para nuestros enjambres de promesas y pasé por alto el hecho de que un día empezaran a sangrarme las yemas.

No creí las premoniciones y seguí riéndome como una idiota.

Pero una mañana te fuiste y yo dejé de reír. Sólo permanecí idiota.

Y como tal rompí todas las paredes de mi habitación y me comí la cal a puñados y lloré lluvia ácida.

Me corté el pelo y de la rabia me llené de trasquilones, perdí mi identidad y me quemé las huellas dactilares buscándola, buscándote.

El plato de ducha me acogió algunas noches, cuando los noventa centímetros del colchón que habías dejado huérfano del lado izquierdo se me hacían insoportables.

Y empecé a vomitar capullos porque estaba harta de mariposas.

Hice diana contra tus fotos con todas las tazas de té que inconscientemente te preparé y me bebí todas las cervezas detrás de las que jamás debí haberte observado como una idiota.

Me enfadé conmigo misma, me grité horas al espejo lo imbécil que era muchos  domingos de resaca al ver tu nombre entre mis llamadas, hasta que borré tu número y me cargué el espejo.

Di vueltas a lo mismo una y otra vez: agotada, cansé a mis amigos por no asumir que ya no había vuelta a ningún sitio, pues no existía adonde regresar.

Me convertí en una déspota y me hice daño mientras seguí hiriendo al resto.

Imploré perdón y caí de rodillas, me destrocé los huesos un millón de veces y me fui vaciando el tuétano de ti.

Volví a escribir, me dejé crecer de nuevo el pelo y no volví a comprar miel. Ni té.

Me proclamé reina de mi destino, defendí mi liberación y me ejecuté de un disparo en la boca en camas desconocidas y abrazos diferentes.

Y me seguí doliendo a mí misma durante mucho tiempo, por todo el cuerpo, consciente de los errores y de los horrores, como una niña que se rasga su vestido favorito por haber trepado a los árboles.

Así que me inventé una salida y caí de bruces en esta especie de tregua, y fíjate, resulta que me encuentro librando una de mis peores batallas.

Y ya no me sirven los no te rindas de Benedetti, ni las palabras de Goytisolo, ni las voces que debe Salinas.

Porque yo he visto de cerca a las oscuras golondrinas.

Y me han arrancado los ojos.

martes, 10 de junio de 2014

Quien bien te quiere te hará reír.

How many roads must a man walk down before you call him a man


Estoy abriendo los brazos para que se me enrosque mejor el viento en este despegue a velocidades autorreguladas por la pista de tu espalda.

Estás boca abajo y aunque no puedo verla, huele a tu sonrisa.

Recorro kilómetros y kilómetros en dirección a casa, pero sólo a mitad de camino recuerdo que no todos los caminos llevan a Roma si no sabes usar un mapa y lo cierto es que siempre me he orientado fatal.

Acostumbrada a ceder la responsabilidad de no perder el norte a personas con puntos cardinales confusos, he acabado cediendo al drama y riéndome hasta llorar para luego llorar hasta correrme.

Pulverizando instantes a la vuelta de la pérdida se van apagando todas las farolas de las calles por las que me arrastro y se crea un ambiente tan irónicamente íntimo que me parece verte a lo lejos con un ramo de flores y una botella de vino. Dramatizando, tú también.

Me pregunto cómo me habrás encontrado si ni yo misma sé en qué cuerda floja estoy ahora ni tan siquiera alcanzo a ver si hay redes debajo. Como he dicho, todas las putas farolas se han apagado. Las muy perras.

El funambulismo en la oscuridad y el fuerte olor a asfalto me recuerdan que hace un rato, o dos, o tres, cuando aún creía poder llegar a casa sola sin mapas ni Roma, antes del impacto, te había tenido de espaldas y olía a tu sonrisa y al viento empujándome las ganas. Y las alas. Quizás entonces se me pasó por la cabeza que la respuesta estaría ahí, flotando entre el viento y tu boca, dramatizando otra vez, con Bob de fondo y de cerca los estallidos de las balas que me entraron por el costado y se alojaron en el lugar que te había reservado a ti.

Pero las cosas han cambiado como siempre supe que nunca cambiaría el echar de menos nuestros orgasmos entre lágrimas, que me da la risa de pensarnos hace un rato, o dos, o tres, y verme ahora tan perdida, yo sin mapa y tú con el tesoro.

Por si tú tampoco te encuentras, tranquilo, aquí sigo haciendo malabares y hablando de nuestra ciudad, de caminos incendiados e incendios sin camino de vuelta. Como una loca en la pira ejecutoria. Como una cuerda con premoniciones.

Y así poco a poco se me va congelando la piel y me arrugo pensando en cómo coño podré parar esta tragicomedia.

Ya se sabe: no hay risas ni lágrimas después de la muerte. 

lunes, 9 de junio de 2014

Last dance

Me sabe la boca a sangre y es que noto mi corazón atravesado entre pecho y esófago. Ni sube ni baja y con cada carraspeo bombea tu nombre. Ábreme por favor las costuras y deshaz los puntos de sutura, bucea con tus manos entre mis venas y nervios hasta que lo encuentres y te palpite en tu palma manchándote de la sangre que en realidad es tu sangre, vibrándote en el compás que marcan tus cuerdas vocales cuando pronuncias el nombre que tú me pusiste y, cuando lo tengas, agárralo fuerte y arráncamelo de cuajo porque duele y me cuesta respirar y si no respiro me ahogo y entonces muero y aún no sé por qué pero intuyo que quiero seguir viviendo un rato más, pero sin corazón, que ya no lo necesito en el Apocalipsis de tus brazos rodeando mis caderas: estoy preparada para el último baile.  

Ahora cóseme y repásame cuantas veces sea necesario para que quede todo bien cerrado que una cosa es morir en tus manos y otra es hacerlo sin el debido cuidado. Lámeme las cicatrices y vuélame la cabeza en mil colores, salpícalo todo con tu risa y manchemos las paredes tú de rojo y yo de negro, tú soldado francés y yo mujer de clausura para espanto de Stendhal.

Entonces caemos exhaustos al suelo y tú me pones las manos en mi vientre y yo, con miedo, te pregunto si lo sientes: es la patada que da la soledad a tus entrañas tras rebasarte las arterias y pudrirte la sangre. Y así te enseño el mapa de mi barriga salpicado por los seromas de líquido negro que afloran donde antes había cuchillas e incisiones quirúrgicas practicadas con la imprecisión del que está ansioso por reventarte la vida desde dentro. Muevo tus manos despacio para que no pierdas detalle y así no puedas decir que no te di todas las explicaciones que necesitábamos para cerrar esto de una vez por todas mientras tú vas dejando el rastro de tus huellas dactilares en mis piernas. Eso será lo último que me lleve de ti, pues todo lo mío lo tienes tú.

Y ahora levántanos y muéveme los hilos y llévame por fin a bailar a algún sitio donde pueda decir qué dulce fue matarme aquí contigo y no olvides mandar grabar en nuestro epitafio el número de gotas que cayeron en la tormenta que se nos desató la noche en que nos conocimos y en la que en realidad ya comenzamos esta danza de muertos a la que hora le restamos los segundos y le sumamos los labios (Los míos aún saben al hierro y óxido de tu sangre).


Ciérrame los ojos y enloquece conmigo. No sé si lo oyes. Es nuestra canción sonando al fondo y los crujidos de los huesos que se desmoronan. Ha llegado. Está aquí. Cierra tus ojos y enloquéceme contigo.

domingo, 8 de junio de 2014

(Re)encontrar(se)

-¿Crees en el alma?
    
Él bajó la copa y le sostuvo la mirada. ¿De verdad tenían que hablar de eso? Frunció el ceño, estiró la mano hacia el paquete de Chester y se quedó observándola un rato. Desde que se sentaron a la mesa no había podido parar de pensar en lo demacrada que estaba, en cómo había cambiado desde el último encuentro. Seguía rezumando belleza, pero de esa que se adivina maltratada a propósito simplemente con verla. Algunos pensarán que por dejadez o por desidia. Seguramente la mayoría. Él en cambio la había conocido demasiado bien para reducirlo a eso. Y la ansiedad con la que le había lanzado la pregunta simplemente se lo corroboraba.
Frunció el ceño aún más fuerte. No se sentía cómodo. ¿Por qué? Si realmente ella le seguía importando mucho. Quizás era precisamente por eso. O quizás porque mirarla era como contemplar el paso del tiempo a un palmo de distancia. Qué demacrada estaba, dios.
Pasó entonces por su lado la camarera, que se dirigía apurada hacia la mesa de enfrente, secándose las manos en el pantalón y moviendo las caderas de manera exagerada.
Observar cómo su culo oscilaba de un lado a otro hizo que sus músculos se destensaran y sus cejas volviesen a su posición normal. Quería ver cómo les entregaba la cuenta y esperar la reacción de los clientes. Se preguntaba si presenciaría la típica pelea por ver quién paga. Contaría entonces los segundos que aquellos imbéciles harían esperar a la chica, que seguía frotándose las manos al pantalón, por no haberlo hablado antes. Descubriría así durante cuánto tiempo se convertirían en protagonistas de la banalidad hecha repetición. En este bar, en el de al lado, y en el de más allá. En idiomas diferentes. En los antros más viejos y los restaurantes más posh. La pareja en el centro, haciendo aspavientos y disparando palabrería prototípica. La camarera enmarcándolos, dibujando una sonrisa vacía pero de apariencia amable. Ella con la mente en cualquier parte, esperando a que la función acabe y, con suerte, la fingida generosidad no se esfume a la hora de llevarles la vuelta y caiga alguna propina. Él, al fondo, espectador y crítico de esa vulgar escena que tanto lo asqueaba y relajaba a la vez.
Absorto en estos pensamientos, sus ojos se desviaron una fracción de segundo de nuevo hacia ella, que seguía esperando una respuesta al otro lado de la mesa. 
Bajó y sacudió la cabeza. Volvió a centrarse. Sacó por fin un cigarro y se lo acercó a la boca. Se lo pensó mejor, volvió a bajar la mano y con la izquierda alzó de nuevo su whisky. Derecha otra vez. Mechero. Chas. Bocanada.

- Son las tres de la mañana, ¿de verdad crees que son horas para hablar de estos temas? Además, ya deberías saber la respuesta...

Ella lo contemplaba con una extraña expresión, pero no hizo ningún movimiento. La ansiedad anterior con la que le había hecho la pregunta había desaparecido por completo. Dibujó algo parecido a una sonrisa y aún dejó que pasaran unos segundos más hasta que la comisura de sus labios se abrió para ametrallarle las entrañas.

-La sé. Sólo me preguntaba si, en estos diez años que llevaba sin verte, habrías empezado a creer en ella.