A ver, cómo te explico, déjame intentarlo, que odio cuando
dan las ocho y cuarto porque fue ése el momento en el que mi corazón se quedó
sin cuerda y ya no podía hacer otra cosa más sino acariciar el tren en el que
te alejabas de mí, y que por eso ya no hay más relojes ni despertadores en mi
cuarto, porque sé que ya sólo me queda borrar todos los segundos de todos los días que
no estás a mi lado.
Cómo te digo que siempre te estoy soñando y que nuestra
canción sube a sorbos por mi espalda a esa maldita siempre misma hora para
susurrarme a la boca recuerdos que me visten de sonrisas y de lágrimas.
A ver si consigo contarte que desde que te fuiste se ha
congelado el mundo alrededor de su propio eje y ya no gira, sino que salta de
cama en cama, de mirada en mirada, dando golpes sordos con aroma a melodías
extrañas. Y sucias. Terriblemente sucias.
Yo no sé si puedo explicarte o si tú podrás entender que
tengo las manos secas de tanto buscarte en la nada y los ojos húmedos de
pensarte a cada rato, en cada cigarro, en todas las estaciones de todos los
otoños.
Que me he quedado estancada en este océano de despedidas y
dudas en el que las ondas de tu pelo no me dejan nadar más que hacia el
epicentro de tu cuerpo, donde siempre me pierdo a las ocho y cuarto, y del que
salgo forcejeando cada madrugada a las cuatro sólo para poder coger oxígeno y,
así, todos los días hasta que el reloj de tu cuello vuelva a marcarme de nuevo
la misma hora.
Laura C.Plaza
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