Sigo poniéndome las medias torcidas y enderezando los cuadros ajenos. Media vida fracasando en eso de aprender a colocármelas rectas y dejarlos descolgados, en cuidar más lo mío y menos lo de los demás. A fin de cuentas,nadie viene a mi casa a poner(me) (mis) cuadros en su sitio.
Siento que no tengo remedio y ando rebuscando soluciones dentro de una caja torácica, la mía, a veces la tuya, para problemas que no tengo muy claro aún cuáles son.
Así no se llega a ningún sitio.
Por eso sólo quiero bajarle el volumen a los latidos y a los pensamientos que resuenan de nuevo en otra caja, esta vez de Pandora, conectada sin duda con la torácica de alguna manera que se me escapa. Como casi todo. Entre los dedos.
Somos intensidades variables y frecuencias de colores, y de luces, y de sombras. Todo en uno y uno en cada, simultáneos y dispersos, etéreos y dolorosamente pesados.
Y ahora pienso en lápidas porque siempre se me vienen a la cabeza cuando uso ese adjetivo y recreo cómo es el tener todo el peso del universo encima de unos hombros.
Entonces me recuerdo a mí misma entre nebulosas como una hormiga intentando llevar elsignificado de las cosas a sus espaldas sin que se rompan y me quede postrada en una cama para el resto de mis días.
Por fin entiendo por qué la hormiga es el animal más fuerte.
Así que sonrío, aunque tú dirías que más bien es una mueca. Perdona si me voy por las ramas, pero aún no alcanzo a entender por qué la gente valora más una bonita sonrisa que una mueca sincera. Has de saber que yo soy del segundo tipo y que también temo a los bichos y me asusta muchísimo todo lo que vive debajo del mar.
Sólo hace un tiempo he llegado a la conclusión de que es porque le tengo miedo a lo desconocido.
A lo que no puedo controlar porque no sé cómo es. Y cuando no sabes cómo es algo, tampoco controlas por dónde va a venir.
O cómo va a irse.
O cómo te quedarás
tú.
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