Yo no podía
advertir la tragedia
de la humanidad
corrompida,
el blanco roto,
los disparos a
ciegas,
las noches bailándole
a la botella.
Habría sido como
aceptar la derrota
antes de empezar
siquiera la partida.
Tampoco entendí nunca
por qué se me
reñía
por romperme las
medias.
Pero dejé de
jugar.
Perpleja.
Por mucho
tiempo.
La mujer que soy
ahora
se rasga la
camisa ante el espejo
y olvida
desmaquillarse.
A veces también
llora cuando duda
si ha querido
gustar a los demás
o más a ella.
Porque se
contradice más de lo que piensa
y equivocándose aprende
a proclamarse histérica,
diferente,
acomplejada,
pero ya no más
observadora.
La inocencia se
ahogó a sí misma
el día en que
los niños empezaron
a juzgarse con
palabras de adultos.
Y qué absurdo,
pero ahora que soy mayor
busco definirme
con sus maneras.
Se respira tanta
tensión
cada vez que se pronuncia
fracaso
que alguien
debería empezar a asesinar palabras.
He vuelto a
abrir heridas
por miedo a
olvidar cómo se curan.
Al primero que
dispare, prometo sangrarle para siempre.