martes, 11 de febrero de 2014

La inmensidad contenida.

Él nunca había visto el mar. Y eso que lo llevaba en sus ojos.
Le habían contado muchas veces, cuando permitía que lo fuesen a visitar algún familiar o amigo, previa llamada telefónica y concierto de día y hora, cómo era, a qué sabía, qué tacto tenían las algas y cómo se te queda pegada la arena en el cuerpo.
Incluso, en una ocasión, le habían regalado una caracola.
Sebastián se la puso en la oreja y simplemente le dijo: “Mira, así suena el mar”. Y esta frase, en principio tan inocente, al final tan sincera, se mezcló con el ruido que la caracola le soplaba bajito y le produjo un escalofrío que le recorrió la espalda y le llegó hasta el corazón, inundándole los ojos de lágrimas. Algo tan grande como el mar, con el que había soñado tantas noches y en el que había aterrizado así tantas veces en paracaídas, o sobre el que había cabalgado algún que otro atardecer a lomos de un caballo, en el que se había perdido buceando y admirando la belleza de sus peces, donde sus uñas rasgaban la finura de la arena y sus pulmones se bebían el salitre de sus aguas, en el que había hecho el amor con las sirenas y donde había encontrado mil tesoros escondidos en galeones que ya nadie recuerda...de repente se lo traían encerrado en una concha.

Y él no sabía si alegrarse o no dejar de llorar para el resto de su vida. 


lunes, 10 de febrero de 2014

Eres la prenda que mejor me sienta

Hoy me he levantado sin saber qué ponerme y he pensado en vestirme del color de tus ojos y del sabor de tus labios. Pero abrí el armario y sólo había polvo con olor a vacío y el rastro de tus huellas dactilares en mis piernas. Y eso ya no me queda bien. Me viene grande.

Así que cogí tus fotos y me las até al cuello, que aquí el invierno es duro y mi garganta frágil de tanto gritarte en cada silencio.

Y me calcé con las frases que me escribías por las mañanas, a ver si así dejaban de dolerme un poco los pies, que tengo los pobres machacados de tanto paseo deambulando en dirección a tu número de móvil.

Metí en el bolso la cartera y también las tarjetas de todos los hoteles en los que dormí sobre tu pecho, no vaya a ser que me pierda y olvide dónde vivo. O dónde muero.

Después me pinté la ralla del ojo con la tinta de todos y cada uno de tus abrazos y los labios con tus caricias en el sofá, café, cigarro y peli de por medio.

Y entonces pensé que ya estaba lista y salí a la calle, pero me crucé con muchos ojos (y ninguno te pertenecía) que me miraban en silencio pero dolorosamente compasivos, y me di cuenta de que estaba fuera de lugar porque el único lugar en el que esas ropas cobran todo su sentido es en el centro de tu espalda.





sábado, 8 de febrero de 2014

A la persona más importante

Hoy me he despertado con náuseas en el corazón y un nudo en la garganta que tiene un te echo de menos atravesado. Un te echo de menos más grande que la belleza de tus manos, qué ya es decir.

Sé que a medida que avance el sol en este día nublado el nudo se irá deshaciendo, de la misma manera que dicen que todo lo triste se limpia con un poco de lluvia. Y también sé que a ti te gustaría que fuera así.
Por eso me comprenderás si te confieso que ya no te pienso a diario ni te lloro todos las noches y todos los amaneceres. La hostia fue tan fuerte que no me quedó más remedio que aprender que hay cosas que se quedan atrás, para siempre, pero que nunca se alejan de nuestro camino. Y cuando digo nunca, es nunca.

Pero joder, cómo explicarte que hoy vendería el cielo y el mar por entrar en la cocina y escuchar tus buenos días mientras una taza de café se interpone entre tus ojos y los míos y todas las palabras sobran porque todo se lo dicen nuestras pupilas.

Hoy me he despertado, lo reconozco, con la necesidad imperiosa de uno de tus abrazos y del contacto de tu mejilla contra la mía antes de salir por la puerta e irme acompañada del eco de tu “todo irá bien” resonando en mis tímpanos.
Y no te enfades, pero tengo que admitirte que ya no recuerdo cómo sonaba tu risa y que ésa precisamente ha sido la pérdida más dolorosa que podía sufrir yo en esta vida.
De lo que jamás podría olvidarme es de lo que sentía cuando se te escapaba a raudales por la boca, cómo parabas entonces el mundo para llenarlo de tu melodía y hacer de él un lugar un poquito más bonito. Y por eso a veces, cuando veo tanta fealdad en medio de tanta gente y tanto ruido, me pregunto cómo es posible que nadie vaya a reclamarte que lo que aquí abajo se necesita es una gran dosis de tus carcajadas.

Eres tan irreemplazable que a veces se me corta la respiración y me asaltan mil miedos, a los que sé que consolarías susurrándoles que nadie es insustituible a no ser que te pierdas a ti mismo. Pero he de decirte que, como todos, tú a veces también te equivocas.

En lo que nunca te faltó razón fue en llenarme de esperanza ante la vida, ante los sueños, y por eso en cada paso que doy por este tortuoso camino que llaman existencia lo único que realmente espero es sentir tu orgullo trepándome por las costillas y animándome el corazón. “Adelante, siempre hacia adelante”.
Pues verás, es que mi meta eres tú. Y ya que estamos, he de confesarte que eso me acojona sobremanera porque has dejado el listón tan alto que me siento muy pequeña a tu lado. Y lo más bello de ese hecho es que lo has conseguido sin proponértelo, como precisamente suceden las cosas más auténticas de este mundo tan loco.

Ya podrías haberme dejado un poquito más de ti, del color de tus ojos, del tono de tus lunares, de la potencia de tus silencios, del sabor de tu cocina, de la amplitud de tu sonrisa (joder, ¡qué sonrisa!), de la sinceridad de tus consejos. En fin, supongo que si no lo hiciste fue porque en el fondo sabías que tengo que aprender a ser yo sin ti, pero siempre contigo.

Ahora ya tengo que dejarte, que se me hace tarde para no pensar si quizás en otro lugar, en otra vida…






[Nota: Como esto va de confesiones, me declaro culpable de que haya sido ésta la única entrada con la que he llorado –y a mares- mientras escribía. No en vano, la escribí pensando (aunque no se capaz de escribir todo lo que pienso) en la persona más importante que ha pasado por mi vida: mi madre. De paso, quiero aprovecharla como recordatorio de todos aquellos que me (y nos han) dejado una ausencia tan grande que sólo intentar expresarla de cualquier modo es un acto irremediablemente abocado desde el inicio al fracaso]

[Nota 2: Éste ha sido el primer poema que he grabado y que podréis encontrar en soundcloud (https://soundcloud.com/lauracamino/a-la-persona-m-s-importante). ¡Buenos días a todos!]


viernes, 7 de febrero de 2014

Cómo te explico...

A ver, cómo te explico, déjame intentarlo, que odio cuando dan las ocho y cuarto porque fue ése el momento en el que mi corazón se quedó sin cuerda y ya no podía hacer otra cosa más sino acariciar el tren en el que te alejabas de mí, y que por eso ya no hay más relojes ni despertadores en mi cuarto, porque sé que ya sólo me queda borrar todos los segundos de todos los días que no estás a mi lado.

Cómo te digo que siempre te estoy soñando y que nuestra canción sube a sorbos por mi espalda a esa maldita siempre misma hora para susurrarme a la boca recuerdos que me visten de sonrisas y de lágrimas.

A ver si consigo contarte que desde que te fuiste se ha congelado el mundo alrededor de su propio eje y ya no gira, sino que salta de cama en cama, de mirada en mirada, dando golpes sordos con aroma a melodías extrañas. Y sucias. Terriblemente sucias.

Yo no sé si puedo explicarte o si tú podrás entender que tengo las manos secas de tanto buscarte en la nada y los ojos húmedos de pensarte a cada rato, en cada cigarro, en todas las estaciones de todos los otoños.

Que me he quedado estancada en este océano de despedidas y dudas en el que las ondas de tu pelo no me dejan nadar más que hacia el epicentro de tu cuerpo, donde siempre me pierdo a las ocho y cuarto, y del que salgo forcejeando cada madrugada a las cuatro sólo para poder coger oxígeno y, así, todos los días hasta que el reloj de tu cuello vuelva a marcarme de nuevo la misma hora.


Laura C.Plaza

jueves, 6 de febrero de 2014

Sólo déjame.

Tengo el sol de las ocho y la luna de las doce enredados entre tu pelo y mi perfume. Tengo cientos de caricias acurrucadas en la almohada esperando a que te tumbes para saltar a tu nuca. Y no soltarte nunca.
Por eso cuando vengas hazlo con cuidado, despacito, que ya pongo yo todas las ganas.
Es difícil no morirme mientras tanto en esta cama y no tachar tantas y tantas veces tu nombre de mis labios y de mis versos. Porque yo no sé si sabes, pero los sueños que dejaste ahí colgados -los verás si te asomas cualquier noche a la ventana- siguen intactos en el mismo sitio, esperando, esperándote, y no entienden a razones porque simplemente no hay razón que valga, salvo tus ojos en los míos.
Así que por favor sé bueno y cédeme alguna estrofa que consiga bajarlos de este precipicio con destino tu boca, que yo no sé si recuerdas, pero tienen el vértigo de tus pupilas clavados entre el pecho y el alma.
O mejor, ven tú, y háblales bajito mientras yo sólo te miro.
Sólo
déjame
mirarte.

Laura C.Plaza

miércoles, 5 de febrero de 2014

Lo que duran dos peces de hielo.

Por las persianas entreabiertas se colaban unos tímidos rayos de sol, sabedores de que interrumpían uno de los llantos más tristes que jamás habían tenido que acariciar. ¿Pero qué podían hacer? Tenían que entrar. Así que sin hacer mucho ruido se metieron en la casa y rebotaron en el espejo del fondo de la habitación para luego dirigirse, compasivos, al respaldo del sillón que estaba en el centro de la sala. Del reposabrazos colgaba una mano arrugada y de la mano un cigarro que a punto estaba de consumirse por completo. El cristal de un whisky on the rocks sobre el regazo de Manuela dibujaba la mirada difusa (y confusa) de aquella que un día tuvo padres y un día deseó tener hijos. Pero la vida se le había pasado y joder, ahí estaba ella, sin saber ni cómo ni por qué se había traicionado a sí misma durante tanto tiempo. 
¿Por qué los lamentos llegan siempre a deshora? ¿Por qué la inminencia de su propia muerte le hace darse cuenta (ahora) de que no había estado jugando sino a medias todos estos años? Como si se hubiese estado conformando con participar en esto que llaman vida hasta que le ha llegado el momento de palpar en sus carnes el dolor que produce saber que ya no hay más tiempo, que ha llegado a la meta, y así todos los lamentos que acalló en el fondo de su ser durante los días que estuvo por este mundo, y de los que nunca había sido tan consciente como hasta ahora, salen a la luz en espumarajos desordenados: se duele de no haber arriesgado más, de no haber vivido más, de no haberse equivocado más, de no haber amado más. Bueno y ahora ya qué coño importa
El cigarro desfallece en círculos concéntricos - La ceniza del suelo se convierte en un desagradable presagio de su final – El sol se retira en acto de íntimo reconocimiento.

Laura C.Plaza

martes, 4 de febrero de 2014

Qué bonito eres.

Qué bonito eres cuando tus ojos sonríen y me enseñan el huequito que hay entre tus dientes. Cómo pueden sentarte tan bien todos los colores y todas las estaciones, todos los suelos y todos los escenarios. Como si ellos te perteneciesen a ti y no al revés. Qué maravilla que te confundas con el mar que dejas a tus espaldas y que también te está echando de menos y yo, yo ya no puedo dejar de verte aun cuando a ratos ni te piense. Qué luz desprende tu risa cuando llega hasta mí por detrás y sube por mis muslos y mi cadera hasta colarse en mi boca que siempre está entreabierta, esperándote. Me ilumina tanto que a veces pienso que jamás necesitaré pagar una factura de luz más en mi vida porque amor, tengo el sol dentro de mí. El jodido sol. ¿Tú sabes lo que es eso? Yo no lo había sabido hasta ahora y creo que jamás volveré a saberlo igual, que nadie podrá enseñarme a llorar por los poros de mi piel y a estremecerme en mis ojos como lo hiciste tú.

Qué bonito eres en todas las lenguas de todos los países de todos los continentes de tu cuerpo. Qué bonito eres…aunque ya no seamos.

Laura C. Plaza