miércoles, 11 de junio de 2014

Qué sabrá Benedetti

Fuimos la risa de los idiotas que se observan detrás de una cerveza y le lanzan un corte de manga a la soledad, haciendo mucho ruido mientras todo el bar les mira.

Nos encontramos y nos pusimos hasta las cejas de conocernos, nos hicimos inventarios de fracasos y nos volamos los sueños. Riéndonos, siempre, como idiotas.

Sustituimos el Prozac por nuestros abrazos en camas de noventa y escuché tu voz todas las mañanas encargando a recepción sexo para el desayuno. Siempre te contestaba que sí mi telepatía de labios ardiendo y arañazos en la espalda.

Quemamos libros y nos incendiamos con ellos. Dejé de escribir, aflojé la correa y me solté el pelo.

Vomitábamos mariposas porque estábamos hartos de capullos.

Me picabas con la furia con la que las avispas buscan a los alérgicos, sólo por el placer de llevarme al borde de la muerte y luego resucitarme. Yo moldeaba panales para nuestros enjambres de promesas y pasé por alto el hecho de que un día empezaran a sangrarme las yemas.

No creí las premoniciones y seguí riéndome como una idiota.

Pero una mañana te fuiste y yo dejé de reír. Sólo permanecí idiota.

Y como tal rompí todas las paredes de mi habitación y me comí la cal a puñados y lloré lluvia ácida.

Me corté el pelo y de la rabia me llené de trasquilones, perdí mi identidad y me quemé las huellas dactilares buscándola, buscándote.

El plato de ducha me acogió algunas noches, cuando los noventa centímetros del colchón que habías dejado huérfano del lado izquierdo se me hacían insoportables.

Y empecé a vomitar capullos porque estaba harta de mariposas.

Hice diana contra tus fotos con todas las tazas de té que inconscientemente te preparé y me bebí todas las cervezas detrás de las que jamás debí haberte observado como una idiota.

Me enfadé conmigo misma, me grité horas al espejo lo imbécil que era muchos  domingos de resaca al ver tu nombre entre mis llamadas, hasta que borré tu número y me cargué el espejo.

Di vueltas a lo mismo una y otra vez: agotada, cansé a mis amigos por no asumir que ya no había vuelta a ningún sitio, pues no existía adonde regresar.

Me convertí en una déspota y me hice daño mientras seguí hiriendo al resto.

Imploré perdón y caí de rodillas, me destrocé los huesos un millón de veces y me fui vaciando el tuétano de ti.

Volví a escribir, me dejé crecer de nuevo el pelo y no volví a comprar miel. Ni té.

Me proclamé reina de mi destino, defendí mi liberación y me ejecuté de un disparo en la boca en camas desconocidas y abrazos diferentes.

Y me seguí doliendo a mí misma durante mucho tiempo, por todo el cuerpo, consciente de los errores y de los horrores, como una niña que se rasga su vestido favorito por haber trepado a los árboles.

Así que me inventé una salida y caí de bruces en esta especie de tregua, y fíjate, resulta que me encuentro librando una de mis peores batallas.

Y ya no me sirven los no te rindas de Benedetti, ni las palabras de Goytisolo, ni las voces que debe Salinas.

Porque yo he visto de cerca a las oscuras golondrinas.

Y me han arrancado los ojos.

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