Él nunca
había visto el mar. Y eso que lo llevaba en sus ojos.
Le habían
contado muchas veces, cuando permitía que lo fuesen a visitar algún familiar o
amigo, previa llamada telefónica y concierto de día y hora, cómo era, a qué
sabía, qué tacto tenían las algas y cómo se te queda pegada la arena en el
cuerpo.
Incluso,
en una ocasión, le habían regalado una caracola.
Sebastián se la puso en la
oreja y simplemente le dijo: “Mira, así suena el mar”. Y esta frase, en
principio tan inocente, al final tan sincera, se mezcló con el ruido que la caracola le
soplaba bajito y le produjo un escalofrío que le recorrió la espalda y le llegó
hasta el corazón, inundándole los ojos de lágrimas. Algo tan grande como el
mar, con el que había soñado tantas noches y en el que había aterrizado así
tantas veces en paracaídas, o sobre el que había cabalgado algún que otro
atardecer a lomos de un caballo, en el que se había perdido buceando y admirando
la belleza de sus peces, donde sus uñas rasgaban la finura de la arena y sus
pulmones se bebían el salitre de sus aguas, en el que había hecho el amor con
las sirenas y donde había encontrado mil tesoros escondidos en galeones que ya
nadie recuerda...de repente se lo traían encerrado en una concha.
Y él no sabía
si alegrarse o no dejar de llorar para el resto de su vida.
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