martes, 11 de febrero de 2014

La inmensidad contenida.

Él nunca había visto el mar. Y eso que lo llevaba en sus ojos.
Le habían contado muchas veces, cuando permitía que lo fuesen a visitar algún familiar o amigo, previa llamada telefónica y concierto de día y hora, cómo era, a qué sabía, qué tacto tenían las algas y cómo se te queda pegada la arena en el cuerpo.
Incluso, en una ocasión, le habían regalado una caracola.
Sebastián se la puso en la oreja y simplemente le dijo: “Mira, así suena el mar”. Y esta frase, en principio tan inocente, al final tan sincera, se mezcló con el ruido que la caracola le soplaba bajito y le produjo un escalofrío que le recorrió la espalda y le llegó hasta el corazón, inundándole los ojos de lágrimas. Algo tan grande como el mar, con el que había soñado tantas noches y en el que había aterrizado así tantas veces en paracaídas, o sobre el que había cabalgado algún que otro atardecer a lomos de un caballo, en el que se había perdido buceando y admirando la belleza de sus peces, donde sus uñas rasgaban la finura de la arena y sus pulmones se bebían el salitre de sus aguas, en el que había hecho el amor con las sirenas y donde había encontrado mil tesoros escondidos en galeones que ya nadie recuerda...de repente se lo traían encerrado en una concha.

Y él no sabía si alegrarse o no dejar de llorar para el resto de su vida. 


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