Tengo el sol de las ocho y la luna de las doce enredados entre tu pelo y mi perfume. Tengo cientos de caricias acurrucadas en la almohada esperando a que te tumbes para saltar a tu nuca. Y no soltarte nunca.
Por eso cuando vengas hazlo con cuidado, despacito, que ya pongo yo todas las ganas.
Es difícil no morirme mientras tanto en esta cama y no tachar tantas y tantas veces tu nombre de mis labios y de mis versos. Porque yo no sé si sabes, pero los sueños que dejaste ahí colgados -los verás si te asomas cualquier noche a la ventana- siguen intactos en el mismo sitio, esperando, esperándote, y no entienden a razones porque simplemente no hay razón que valga, salvo tus ojos en los míos.
Así que por favor sé bueno y cédeme alguna estrofa que consiga bajarlos de este precipicio con destino tu boca, que yo no sé si recuerdas, pero tienen el vértigo de tus pupilas clavados entre el pecho y el alma.
O mejor, ven tú, y háblales bajito mientras yo sólo te miro.
Sólo
déjame
mirarte.
Laura C.Plaza
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