Desorientarse.
Romperse en mil
trozos.
Unir los
fragmentos.
Y que no
encajen.
El mayor
sinsentido
siempre fue buscarle
uno.
Sólo somos
mientras estamos.
A veces ni eso.
Pero seguimos,
y es fascinante
la vorágine.
Hay un lienzo donde miles
de manos quieren
expresarse,
llenándolo todo
de ruido
para que nadie
se atreva
a recoger los
escombros.
Porque ésos
también son nuestros.
Tantos disparos silenciosos
que la libertad
está en entredicho.
Tanta lluvia y
tanto sol
que es imposible
que no duela.
Y como siempre, quienes nos enseñaron
que nunca es
demasiado tarde
son los que más miran
el reloj.
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